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La Muerte y su Verguenza

Recuerdo que de niño, Solía retraerme tanto Y quedar tan inmóvil, Tan quieto como un árbol seco, Como una piedra en el desierto, Que la muerte envidió mis trucos. ¡Ay de ti, infinita noche negra! Si supieras que al nacer Tu manto se extendió sombrío Sobre mi rostro Mientras la vida se presentaba apresurada Y besaba mi aliento. Ignoras que me contagié de ti Con mi primer llanto Y que los secretos de mi serenidad Son tus virtudes. Pobre vieja, Te ves desvalida y frágil, Descontrolada por no comprender Lo inerte que puedo ser, Casi tuyo, Alejando al borde del sacrificio Rastros de vida en mi cara. Merodeas cuando duermo Sin entender la pasividad que me inunda Y que te enferma. Te niegas a tomar mi alma Con tu mano roñosa. Te niegas a hacer tu trabajo en mí Y esperas a que yo ceda Y te cuchichee al oído, En la noche, Sin que nadie más escuche Y haga más inmensa tu vergüenza, Cuál es mi enigma. Eso soy para ti, Presa que espera ser devorada y acertijo. Duda y deseo. Pero aún no te contaré lo que quieres saber. Dejaré que el tiempo pase Y que te sientas derrotada y pasmada Con la frialdad de mi mirada. De esa forma vengaré a mis antepasados. Y cuando estés tan disminuida, Que tu presencia sea un recuerdo De lo engreída que te veías antes, Con el miedo que producía tu voz, Miraré directo a tus ojos solitarios Y te gritaré a la cara todo. Y reiré y reiré. Y mis risas serán un murmullo Estridente en la soledad de tu reino. No podrás hacer nada más que venir por mí. No podrás atormentarme ni darme más dolor. Solo en la vida hay dolor y no en tus parajes. Solo antes de ser tuyo hay pesar, Y no en lo infinito de tus días. ¿Qué harás entonces, cómo podrás castigarme? ¿Me evitarás y pretenderás hacer mi existencia más penosa? No puedes, eres muerte. Y a tu pesar, La vida que hay en mí te llama Como el agua al caminante sediento. Rafael Toro.
En Una Fría Noche.

Recuerdo esa noche con espanto.
Como un penetrante dolor de mil metales
Castigando mi alma.
Todavía veo,
Las despreocupadas caras felices
Y escucho las embriagadas risas
De los desdichados hijos
Del infortunio,
Que tristemente
Atestiguaron el poder de sus dominios.
Ocurrió,
En una fría noche.
¡Como no!.
El frío siempre precede
Al reino de los muertos.
Siempre aparece como
Escolta infame de sus terribles
Pesares.
¡Ay de mí!.
¡Qué no daría
Por no haber visto esos ojos infinitos!.
¡Por olvidar esas palabras,
Que resuenan como cataclismos en mis oídos!.
Sin embargo,
Y después de meditar sus dichos,
Y sólo tal vez,
Tenga algo de suerte.
Hoy conozco aquellos ojos indescifrables.
Si los veo nuevamente,
Sabré a qué viene
Y su impertinencia no será tal.
Pero la advertencia que me dio,
Cuando retornaba con uno de los nuestros
A su indeseable hogar,
Me perturba y enloquece.
Y esa rabiosa amenaza fue:
-¡Cuidado!.
No te confundas.
Ya por haber visto mis ojos,
No creas que me conoces.
Sabes quién soy,
Pero no has descubierto
Cuándo será tu tiempo.
No hables mucho de mí,
Ni me causes deshonra.
No sea que prontamente te visite.-.
Ocurrió,
En una fría noche.
Rafael Toro.
Proclama.

En este día,
En este tiempo,
He vuelto a escuchar
Esas antiguas voces que ya
Fueron derrotadas y dejadas en el vacío
Por la ira melancólica de mi noche a media luz.
Sin embargo,
Algunas sombras que no sucumbieron
Ante la espada tenebrosa e impasible
De mi tormentosa prosa,
Persistieron en sus orgullos,
Al igual que gritos moribundos
Desvaneciéndose en el humo
De mi cigarro mal oliente,
Como ruidos dispersos
Quedados en el aire irrespirable.
Me repito entre copas y desganos
Que ya no es el momento
De cantos floridos a las lunas llenas.
Que ya no hay oportunidad
Para los himnos repetidos
Que repletan nuestros días y nuestras noches.
¡Hoy es el día de la palabra nueva!.
De cantar a las tormentas desconocidas
Que se avecinan en los horizontes de esta tierra.
De recitar los mil nombres de la guerra.
De describir la furia del hombre
Que yace escondido
En la tinta de mi última letra.
Es hora de sacar la voz y no de entibiarla
Con melodías cancinas y estrechas.
Es hora de perderse en la locura irrepetible
De la única vez,
Y no seguir el lánguido paso del gentío.
Existen dioses que esperan el turno de su elocuencia,
Que estallan en el silencio de su calamidad.
Y están los otros,
Los Profetas,
Aquellos que nos regocijan
Con sus cuentos de malabaristas insidiosos.
¿Será su verborrea añeja
La mejor acción de la historia?.
¿Será la mentira en sus relatos,
El canto de esta nueva era?.
Espero que los escuchen,
Solo los que los escuchan.
Excéntricos de lo inentendible.
Espero que los sigan,
Solo los que los siguen.
Flautistas encantadores de serpientes.
Pero recuerden siempre,
Con un fecundo miedo en los huesos
Que en el silencio,
Eterno y tranquilo,
Algunos emperadores de las guerras del ayer
Nuevamente proclaman
Que han vuelto a ser los dioses de todas
Las magníficas edades.
Rafael Toro
Espero que veas fantasmas por las noches

ESPERO QUE VEAS FANTASMAS POR LAS NOCHES
Espero que veas fantasmas por las noches.
Que el descanso de tus días de sol
Termine con los rayos de tu placer indolente
desparramando su brillo
en el atardecer de nuestras
-esas queridas-
frías olas del mar de Agosto.
Ojalá que la ingratitud del infierno
Agite sus ansias de horror
Con solo recordar tu nombre
Y que las llamaradas del averno
Sean lentas y afiladas dagas
Adentrándose,
Cual insufribles tormentos de carne,
En todos tus espacios.
Si la calma llegase a cobijar
Los fríos en tu cuerpo
De señor muerte,
Darles,
A los no muy gentiles predicadores
De llantos,
La oportunidad de visitar tus sueños.
¡Pesadillas!.
¡Que insuficiente condena!.
¿Ha de ser mi ansiedad sobre ti suficiente.?.
¿He de pecar y ser castigado por perseguirte.?.
Solo quiero que veas fantasmas por la noche.
Y si no logro que el castigo merecido
Llegue a derribar tu alma,
Espero que todas las palabras
Tristes escritas en la historia
Se conviertan en verdaderas plegarias,
En rezos negros indómitos,
En injustos ejércitos conquistadores,
Sedientos de odio,
Que logren que de tus ojos pendencieros,
Nazcan lágrimas que se rían de tus cuidados.
Nada más pido,
Que solo por una vez,
veas fantasmas por las noches.
Rafael Toro.
Automoribunda

Más que imbécil,
Soy anónimo.
Absolutamente carente de mí.
Sin sombra y sin aliento.
La esperanza se ríe de mi rostro
Y la angustia me besuquea el corazón seco.
Una vez en la vida fui feliz
Y ya lo olvidé.
Ni pasado tengo, ni futuro espero.
Ya me duelen los pies de tanto
Caminar sin rumbo
Y si lo encuentro,
Sé que lo perderé.
Si me convenzo,
Me retracto,
Y así y todo,
Sigo pensando lo mismo.
Hasta el temor me evita
Si creo tener miedo.
Ni la muerte me espera
Y el descanso me agota.
Pero,
¿Importa algo lo que diga?,
Quizás sí,
Y me prometan ayuda urgente
Y no me la den.
Rafael Toro.
Canción desesperada.

No juzgues esta poesía escasa
Ni mis lunas en la noche.
No te rías de mis bochornos,
De mis pesares,
De mi dolor pausado
Y de esta respiración que me brota
Como suspiro de entierro.
No me cantes olvido
Ni me lastimes
Con la ausencia de tu voz.
Rafael Toro.
¡Oh Loco, Oh Poeta!

“Nunca abandona la esperanza al hombre que piensa en miserias. Ávida, su mano escarba la tierra para hallar tesoros, y se da por muy satisfecho con encontrar un gusano.” (Fausto, Primera Parte de la Tragedia, La Noche, Monólogo de Fausto -En una habitación de bóveda elevada, estrecha, gótica, está FAUSTO, sentado delante de su pupitre- Johann Wolfgang Goethe.)
Si pudiera ser poeta Y las insignias de la sensibilidad Adornaran mis vestimentas, - Cual partitura insolente Por músico sordo interpretada- Tocaría todos los instrumentos del mundo, Hablaría en cualquier idioma, Escribiría con alegría Y una luz azul se posaría en mis ojos. Pero, No soy lo que pretendo Y espero convertirme En un solitario que cante a las estrellas, las que al igual que doncellas en su plenitud, Muestran tímidas Sus pudores A estos ojos imberbes. Si lo logro, Recitaré alabanzas a la luna, Cantaré a las olas, Descalzo, Sobre la fría arena Y dibujaré con palabras La belleza habida en las cosas Que solo yo puedo ver. ¡Qué hubiese dicho Rilke de estas palabras.!. ¡Qué sermón añejo me hubiese recitado explicando cómo se le canta a los sueños de mujeres enamoradas.!. ¡Cuántas deidades iniciaron su camino como en aquél por mí ahora transitado!. ¡Cuántos muertos son recordados por sus letras que no dicen nada.!. ¡Que fastidio!, Ya no quiero ser poeta, No quiero ver las cosas como ellos. ¿Seré quizás, tan poco común, tan poco trivial, que no pueda confundirme en la muchedumbre, Mimetizarme y pederme en el gentío, Entre todas esas voces Que me piden silencio.?. Tal vez así sea, Y a pesar de los mundos que están En mi contra, No pueda detener este espíritu de Poeta de la noche. Y las odas que hay en mí Broten de esta piel Como el sudor que desprecio. Rafael Toro.




